Todos sabemos que Billy Gibbons, el carismático líder de ZZ Top y uno de los grandes héroes de las seis cuerdas desde hace nada menos que algunas décadas, es un gran amante de lo excéntrico. No hay otra explicación posible cuando uno decide cubrir su guitarra de pelo para convertirla en un peluche eléctrico del rock o cuando construye un altar de mezcal y pedales de fuzz sobre el escenario para dar ambientillo a sus conciertos. Fruto de este amor por lo diferente y, por qué no, el glamour de lo fuera de lo común, es precisamente la nueva guitarra que lleva la firma del tejano: la nueva y exclusivísima Gibson Billy Gibbons SG, o BGSG, para los amigos.
 
Dos son las grandes pasiones de Gibbons, y dos las que escriben la partitura del diseño de esta guitarra: las guitarras vintage y los coches custom. Es innegable ver de dónde proviene la inspiración a la hora de darle la vuelta a lo que, en origen, no es sino una Gibson SG del 61. Desde la pintura elegida, esa laca dorada que parece sacada directamente un Cadillac histórico, aplicada sobre el cuerpo de caoba ahuecado mediante el método tradicional combinado con el PVD (deposición física de vapor) para dar resistencia extra a los arañazos; hasta el relieve que Gibbons ha elegido para la tapa del cuerpo: siguiendo la línea de lo que hubiera sido el golpeador y subrayando las curvas icónicas de este modelo, el cuerpo de la BGSG dibuja un escalón que marca y enfatiza los dos colores de su acabado, en lo que sin duda remite también a coches de ensueño de otra época.


 

El puente Gibson Vibrola recibe también un trato especial y muy art-decó, convirtiéndolo en otro distintivo de una guitarra de la que hasta el momento solo se han fabricado, a mano, dos ejemplares en la Gibson Custom Shop. Y que se venderá de forma exclusiva mediante un acuerdo con la cadena de tiendas norteamericana Neiman Marcus, que la incluirá en su catálogo para este invierno 2015.
 
“La BGSG surgió tras descubrir en París un ejemplar impoluto de una Les Paul de transición [las SG originales, cuando aún mantenían el nombre de Les Paul] producida en 1961”, explica el propio Billy Gibbons. “La guitarra se sentía realmente potente y equilibrada, y el sonido era simplemente perfecto. Eso encendió mi interés por una guitarra con un glamour especial”. Tras esto, Gibbons empezó a idear el nuevo instrumento mano a mano con Gibson Custom Shop, partiendo de una base sólida y contrastada, esa SG del 61, pero añadiendo su particular visión de cómo debería ser la guitarra.
 
A las características que más llaman la atención se añaden otras menos evidentes, como el mástil de caoba, para mejorar la resonancia, con diapasón de palorrosa y rematado en una pala de Flying V, tan poco esperada como la tapa en forma de mapa de Texas que protege la circuitería interna en la parte posterior de la guitarra.
Algo más previsible, aunque igualmente bienvenida, es la decisión de incluir dos humbuckers, claro, Seymour Duncan Pearly Gates. Aunque lo que a muchos sorprenderá es que la BGSG no incluye selector de pastillas: en su lugar, un control master de tono y dos de volumen, uno por pastilla, permiten combinar al gusto cuanto aporta cada una al output del instrumento: “Es otro ejemplo de la grandeza “menos es más” de una casa como Gibson”, explica Billy Gibbons.
 

La guinda del pastel la pone el también exclusivo diseño, pintado a mano por el artista de Nashville James Willis, de cada estuche rígido de esta nueva guitarra. Entre los motivos de esta obra de arte portátil, inspirados por el origen tejano del propio Gibbons, están El Álamo, las rosas amarillas de Texas, armadillos, una representación de la propia guitarra que aguarda en el interior y, cómo no, el célebre cráneo de vaca tejana. Cada ejemplar, además, y como no podía ser de otro modo, incluye su propio certificado de autenticidad grabado en una placa de latón.
 
Concebida sin duda más como una guitarra para el coleccionista más exquisito que como un caballo de batalla para el músico en la carretera, la nueva BGSG es, seguramente, ese objeto de deseo que aunque no veamos en muchos escenarios, nos recuerdan que la lutería en sí misma es un arte que no se disfruta tanto por los oídos y las yemas de nuestros dedos como por los ojos.

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