Los derechos de autor y todo lo que gira a su alrededor son, por desgracia, uno de los grandes desconocidos para muchos músicos que, de hecho, componen, graban y tocan en directo. Que crean, en definitiva, propiedad intelectual.
 
Es más, para muchos de ellos, gran parte de los organismos relacionados con la protección y gestión de estos derechos son vistos como una especie de enemigo (no sin motivos, en algunas sonadas ocasiones, con regulaciones cuestionables y escándalos de corrupción), rechazando por sistema todo lo que tiene que ver con copyright por una especie de identificación de la parte por el todo.
 
Sin embargo, los derechos de autor son, en realidad, y valga la redundancia, un derecho consustancial a la creación artística. Y no se debe confundir su naturaleza con el hecho de que muchas legislaciones no ofrezcan libertad al creador para gestionarlos como quiera, diluyendo de facto el significado del “propiedad” en “propiedad intelectual”. Por esto, precisamente, para muchos recién llegados al mundo de la música y para otros tantos más talluditos pero no muy preocupados por el asunto, conviene aclarar las claves de los derechos de autor y el copyright con esta guía básica de supervivencia en este paisaje tan obtuso como interesante. En el que, más tarde o más temprano, muchos nos veremos enredados sin remedio. Agarraos que vienen curvas…
 
Cómo se generan derechos de autor
Los derechos de autor derivan de la propiedad intelectual que es impepinable a cualquier creación artística, científica o literaria. Si uno compone un tema, automáticamente tiene dicha propiedad y, automáticamente, se generan esos derechos de autor, como derechos morales, en el marco legislativo occidental. Por ser el autor, vaya. Cuando uno nace automáticamente tiene una madre. Pues lo mismo, prácticamente.
 
En el marco europeo regido por el Sistema Continental, dichos derechos morales son, de hecho, irrenunciables: no se pueden ceder, el autor será siempre el autor. Aunque pudiera ceder los derechos de explotación a terceros (el rédito económico que pueda generar su propiedad intelectual), la autoría permanece inalterable. Lo cual es la diferencia fundamental con el sistema anglosajón del copyright, donde estos derechos morales sí pueden cederse.
 
Por tanto, si compones un tema con tu banda, solo el hecho de haberlo compuesto te asegura su autoría. Otra cosa es demostrarla en caso de que alguien lo plagiara. Para ello existen organismos como el Registro de la Propiedad Intelectual en España que sirven para asegurar esa protección desde el momento en que se registran esas composiciones. Pero es importante recordar que dicho registro no es el que reconoce el derecho de autor. Es posible, legalmente, demostrar la autoría sin pasar por el registro, pero solo cuesta rellenar unos cuantos formularios y puedes ahorrarte muchos dolores de cabeza si alguien con muy mala idea y pocos escrúpulos ve potencial en una canción tuya.
 
Royalties vs. Derechos de autor
Un error común es confundir estos dos términos como si fueran lo mismo. Y no lo son en absoluto. Los royalties no son sino derechos de publicación, grabación, reproducción o distribución en base a un porcentaje de ventas. Es decir, el productor Big Star del Estudio Martínez produce el disco de La Nueva Banda Famosa y, como parte de su remuneración, pacta un porcentaje de las ventas que genere el disco en cuestión. Eso es un royalty.
 
Los derechos de autor, en cambio, se reparten entre los autores. Pero también con la editorial, que es normalmente la empresa que publica y distribuye un disco y con la que suele pactarse un porcentaje de derechos de autor. ¿Puede un sello discográfico ser una editorial? Puede, pero no siempre es así y, en el fondo, normalmente son dos entidades diferentes.
 
Qué puedes obtener por tus derechos de autor
Además del reconocimiento de la autoría en los libros de historia y las revistas de rock del futuro, los derechos de autor generan una remuneración económica en función de la explotación de la obra (música en este caso). Es decir, si alguien genera una actividad económica o un beneficio gracias al uso de tu composición, la legislación entiende que se te debe una compensación. Un ejemplo práctico: si Coca-Cola vende millones de latas de refresco gracias a la difusión lograda con un anuncio en el que tu música lo peta, se te deben unos dineros. Lo mismo con una película o con un disco de la cantante de pop de turno.
 
Con el sistema actual, esta remuneración económica se genera automáticamente, lo quiera el autor o no, básicamente. Y de ello se encargan las entidades de gestión (como SGAE en España), que recaudan lo generado para repartir entre los autores cuyos derechos gestionan. Lo curioso es que, aunque uno no esté dado de alta en una de estas asociaciones, las compensaciones económicas se siguen generando (si tu música acaba en una serie, si se reproduce en bares…). Pero si nadie las reclama, al cabo del tiempo revierten en la organización… ¿Lo captas?
 
Existe también el derecho de implantación por sincronización. Es decir, cuando tu música se inserta en una pieza audiovisual. Esta sincronización debe autorizarse forzosamente por el autor, y el derecho de implantación, pactado (puede ser cero), se cobra solo por dicha inclusión (aparte de los derechos de autor generados a posteriori según las proyecciones y distribución de la pieza). Otra explotación que normalmente debe autorizarse según los diferentes marcos legales es la grabación de uno de tus temas por otro artista: no vale con que se te paguen los derechos, tú has de dar permiso para que se realice esa versión.
 
Licencias libres y entidades de gestión
Visto todo esto, ¿conviene asociarse a una entidad de gestión de derechos de autor? La respuesta rápida y puramente pragmática es sí. Principalmente porque, además de ofrecer unos cuantos servicios a los autores, existen una serie de derechos en forma de compensación económica que se generan aunque uno no quiera, y que se pierden, a favor de las asociaciones, en la maraña de resquicios legales que existen en torno al copyright.
 
El problema es, precisamente, esa falta de control sobre la, perdonad la cacofonía, propia propiedad. ¿Qué ocurre si uno quiere ceder un tema para un uso determinado sin que se generen esos derechos? Por eso nacieron las licencias copyleft, entre las que la más conocida es Creative Commons. Éstas otorgan al autor la capacidad de decidir qué derechos quiere mantener y cuáles no. O lo que es (casi) lo mismo, qué usos autoriza para su obra y cuáles no. El problema con estas, aunque siguen implantándose, es que están muy ligadas al sistema anglosajón del copyright, y existen aristas para su completa aplicación en el marco europeo.
 
Lo que está claro, en cualquier caso, es que si la autoría es inapelable y, a esta lado del Atlántico, irrenunciable, el qué hacer con ella y cómo seguramente también debería serlo.